Hay dos formas de pensar las apuestas deportivas. Son dos legítimas maneras de entender la actividad de las apuestas, pero cada una deriva en efectos contrarios y que jamás podrán entrar en una relación de armonía entre sí.
Por un lado existe la visión que interpreta a las apuestas como una forma de experimentación humana que des-vela las verdades ocultas de la vida ordinaria. Todos sabemos lo que se siente al apostar, el riesgo, la adrenalina; evidentemente nuestra vida se intensifica en aquellos instantes en donde se está por decidir si ganamos o si perdemos. Pero este riesgo implica algo más; el enfrentamiento con el azar ingobernable de la fortuna. Nadie puede preveer perfectamente su deseo, parece hacernos aprender las apuestas, y por lo tanto al apostar entenderíamos mejor cómo funciona la vida ordinaria: debemos creer que el futuro es controlable, de lo contrario nuestras vidas no podrían llevarse a cabo.
Por otro lado existe una manera de entender a las apuestas -la más extendida- que las piensa como herramientas al servicio de un fin que ya se poseía antes de la entrada en la actividad de la apuesta en sí misma. Esta idea técnica de la apuesta trata de pintar al cuadro de la apuesta de una manera semejante a como pinta las actividades de la vida ordinaria: la acción racional con arreglo a fines que encontramos en el mercado, en la política, y en otras esferas de la acción humana. La apuesta nos sirve para ganar dinero, pero como también el comercio nos sirve para ganar dinero, no parecería ser necesaria la apuesta. Podremos ganar dinero sin tomar tantos riesgos como en la apuesta, cuando vendemos un objeto en un mercado virtual en Internet.
En la medida en que las personas siguen apostando, consideramos que en todo apostador conviven estas dos formas antagónicas de ver la apuesta, y que sin alguna de ellas la actividad de las apuestas sería impensable.





