Ocurre en muchas oportunidades, y no sólo en el mundo de las apuestas deportivas, que las personas se creen que tienen un conocimiento más profundo de lo que en verdad es. Pensamos que conocemos bien el mundo, que sabemos realmente como son las cosas, y actuamos en consecuencia. Pero no solamente actuamos desde nuestra propia voluntad subjetiva, sino que cuando no lo hacemos aconsejamos a los otros puesto que nos sentimos con una capacidad de percepción de la situacuón más privilegiada que la del propio participante.
Esto en el mundo de las apuestas es moneda corriente: los apostadores que no deciden apostar en tal o cual deporte -por ejemplo- aconsejan a los que sí lo hacen. En este acto de aconsejar pueden darse miles de motivaciones individuales, que van desde la mala conciencia hasta la honesta intención de ayudar al otro. Sin embargo, más allá de las intenciones personales, aquel que recibe tantos consejos -que en muchos casos son contradictorios entre sí y opuestos- puede quedar inmerso en una situación de perplejidad absoluta.
Por eso recomendamos, y este es nuestro consejo aquí, que el apostador también sepa escuchar a su propia voz interior; si existe una probabilidad que racional u objetivamente no parece muy viable, pero uno se siente confiado de que puede llegar a ganar, puede darse el lujo de intentar de vez en cuando arriesgarse. Claro, que uno no puede hacer esto siempre, pero cada tanto escuchar a lo que sentimos nosotros, sin la ayuda de nadie, puede ser una buena opción.





