La figura del apostador es bastante singular. Es interesante pensar su lugar en el marco de la sociedad, en la medida en que el apostador no parecería participar como los demás de la división del trabajo que organiza una colectividad dada en un espacio y en un tiempo.
Un hombre que trabaja en una fábrica, o que realiza una profesión liberal, podríamos decir que forma parte de la cadena de cooperación que se ha denominado división social del trabajo. Obligado a trabajar para poder ganar un salario que le permita a él y a su familia vivir, tiene el derecho de percibir un beneficio que la sociedad como conjunto le brinda bajo otros trabajos que él no puede realizar por su propia limitación humana. Este intercambio de bienes y actividades funda la reciprocidad de lo social.
Pero un apostador no parece adecuarse sin más a este esquema. El apostador no colabora con los demás, sino que tiene una cerrazón bajo la cual se relaciona consigo mismo. No da para obtener, sino que se da a sí mismo para obtener para sí mismo. El apostador así no colabora con la utilidad social del conjunto, sino que trabaja para su propio bien particular.
Esto puede observarse en el caso de su lugar en la esfera pública. El apostador en deportes, por ejemplo, no interviene en los debates que se generan en torno al campeonato de fútbol de la temporada, ni de una copa de tenis, ni de un deportista, etc. No emite opiniones, sino que escucha a los otros y recolecta lo mejor de cada uno. Su trabajo de artesano consiste en reconstruir esta información diseminada por las opiniones en una totalidad nueva que le ofrezca la clave de un éxito personal.
Así pues el lugar del apostador es única, y no todas son flores, puesto que al estar solo, los momentos de pérdida son menos soportables en tanto que no cuenta con el apoyo de una totalidad mayor que amortigue los golpes.





